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El régimen cubano aprieta más al pueblo: represión, apagones, hambre y maniobras para sobrevivir

Mientras anuncia medidas para atraer capital del exterior y Miguel Díaz-Canel lanza amenazas verbales contra Donald Trump, el régimen cubano sigue empujando al pueblo hacia la miseria, la oscuridad y la represión. Las protestas en Morón, los apagones masivos, la escasez de combustible y el deterioro de la vida cotidiana reflejan una misma realidad: un poder que se protege a sí mismo mientras asfixia a los cubanos.

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El régimen cubano ha entrado en una fase de supervivencia abierta. Por un lado, anuncia medidas para atraer inversiones de cubanos en el exterior y abrir espacios en sectores como la agricultura, la infraestructura y las finanzas. Por otro, Miguel Díaz-Canel endurece el tono frente a Washington y promete una “resistencia inexpugnable” ante cualquier agresión externa. Pero detrás de esa mezcla de anuncios económicos y lenguaje de confrontación hay una misma verdad: el poder intenta ganar oxígeno político y financiero mientras el pueblo cubano soporta apagones, hambre, represión y una vida cada vez más insoportable.

Las medidas económicas presentadas por el Gobierno no llegan como señal de fortaleza, sino como reconocimiento de una quiebra. Después de décadas de destruir la iniciativa privada, perseguir la autonomía económica y concentrar el control en el Estado, la dictadura busca ahora dinero del exterior para sostener un sistema que ya no puede sostenerse solo. La llamada apertura a la inversión de emigrados no cambia lo esencial: el régimen quiere capital, pero no quiere perder control; quiere recursos, pero sin libertades; quiere divisas, pero sin desmontar la estructura política que ha llevado al país al desastre.

Al mismo tiempo, Díaz-Canel ha intentado envolverse en un discurso de plaza sitiada. Su advertencia de que cualquier agresor externo chocará con una “resistencia inexpugnable” llegó después de declaraciones de Donald Trump y en medio de nuevas tensiones con Washington. Pero ese tono desafiante contrasta con la fragilidad interna del propio régimen. No habla desde la fortaleza de un país estable, sino desde el colapso de una isla golpeada por la escasez de combustible, la caída del sistema eléctrico y una creciente desesperación social.

La realidad del pueblo cubano está muy lejos de esa retórica oficial. En los últimos días, el colapso del sistema eléctrico dejó a Cuba prácticamente sin luz, y la recuperación ha sido lenta y parcial. La falta de combustible, los cortes prolongados y el deterioro de los servicios básicos han paralizado barrios enteros, afectando comida, transporte, agua y vida cotidiana. En ese contexto, hablar de soberanía sin garantizar siquiera electricidad o alimentos básicos se parece menos a una defensa del país que a una coartada para seguir gobernando sobre la ruina.

La protesta de Morón mostró hasta qué punto esa presión social está llegando al límite. Lo que comenzó como una manifestación por apagones y escasez terminó con ataques a la sede local del Partido Comunista y al menos cinco arrestos, según reportes de prensa. Más allá de la versión oficial, lo importante es lo que simboliza: cada vez más cubanos no solo sufren el desastre, sino que identifican con claridad a quienes lo administran y lo imponen.

Y ahí aparece la otra cara del régimen: la represión. En Cuba, el pueblo no solo vive con hambre y apagones; vive además bajo la amenaza constante de ser vigilado, detenido o castigado por protestar. La memoria del 11 de julio de 2021 sigue pesando sobre cualquier manifestación, y lo ocurrido en Morón confirma que el poder continúa respondiendo al descontento con control, criminalización y miedo. La dictadura admite el sufrimiento del pueblo solo mientras ese sufrimiento permanezca callado. Lo que no tolera es que la miseria se convierta en desafío.

Por eso el cuadro completo no debe fragmentarse. Las nuevas medidas económicas, la amenaza verbal de Díaz-Canel contra Trump, la represión de las protestas, los apagones masivos y el hambre del pueblo no son hechos aislados. Forman parte de un mismo sistema de asfixia. El régimen cubano no solo ha destruido la economía: también administra la escasez, vigila el malestar y reprime a quienes se resisten a seguir viviendo de rodillas. Mientras arriba se negocia, se amenaza o se improvisa, abajo el cubano de a pie sigue pagando con oscuridad, miedo y hambre el precio de una dictadura que solo sabe mantenerse castigando a su propio pueblo.

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